Wendy Call
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Jícara de Oro
pasaje del capítulo 10,
del manuscrito No Word for Welcome

por Wendy Call

traducción por María de Lourdes Victoria


El río Uxpanapa es uno de tantos ríos que descienden por el territorio montañoso de Chimalapas, área que comprende tres cuartos de millón de hectáreas selva. Su cauce se desliza hacia el norte, cruzando desde Oaxaca hasta Veracruz. Medio millón de hectáreas adicionales selváticas, designadas con el mismo nombre: Uxpanapa, se extendían conformando frontera entre estos dos estados, y su divergente ecología, hasta los años setenta. Los ríos como el Uxpanapa, autopistas azuladas que serpentean entre árboles de caoba y ceiba, permiten a los aldeanos penetrar la selva, con más profundidad que las carreteras pavimentadas. No obstante, la selva es tan densa y vasta, que la gente asegura que hasta el día de hoy, nadie ha logrado atravesarla. Se han ido abriendo caminos cada vez más profundos en el territorio de los Chimalapas, pero aún queda mucho para llegar a su centro.

A la orilla del río Uxpanapa, recostada en una de sus curvas, se sitúa una pequeña aldea de quinientas almas: San Francisco la Paz. Hay tres maneras de llegar a San La Paz, nombre que le apodan sus habitantes, desde el final de la carretera más próxima: sendereando a pie, por cinco horas, para después cruzar el río a brazadas; o a caballo, en una cabalgata de cuatro horas, o bien, navegando en una canoa motorizada, viaje que dura dos horas. La primera opción requiere buena condición física y resistencia; la secunda, un caballo entrenado a cabalgar atajos peñascosos, y la tercera, cientos de pesos –mucho más de lo que gana al mes cualquier poblano. En la temporada seca, el río baja, imposibilitando el tránsito de las canoas. En la temporada de lluvias, en el camino, hay que pelear con el lodo que sube a las rodillas, y de ahí atravesar un río turbulento.

La primera vez que visité San Francisco la Paz, fue una mañana de agosto cuando me presenté en la casa de Juana García. Llegué retrasada, después de haber perdido conexiones que alargaron mi viaje hasta veinticinco horas por camión, camioneta y caballo. La mujer hizo caso omiso a mi rostro sudoroso y mi blusa manchada de lodo, y me invitó muy amable a acompañarla en su diaria caminata al río. Al no contar con pozo o sistema de drenaje, la población acude al río a lavar sus bártulos, regresando con cubetas llenas de agua para su propio consumo. Por ser agosto, la caminata era corta pero durante la temporada de sequías, cuando el cercano río tributario desaparece, hay que lomearse todo media milla. Juana empacó tres pollos recién sacrificados, una cubeta de platos sucios y sus tres hijos, Paco, de seis años, Wilfredo, de cuatro y Juan Pablo, de tres.

– Un joven ha pedido la mano de su novia, y cierran el compromiso,– me informó, justificando el lujo de los pollos. El muchacho era uno de sus primos. –Aquí nadie hace compromiso hasta la tercera pedida. Se supone que la tercera vez, la familia del novio coopera con una docena de guajolotes, ocho panes horneados, cervezas y refrescos, pero como la joven es de la Chinantla Alta, no se esperan tanto. Les llevamos tres guajolotes, algunos refrescos y una caja de cervezas, y el señor quedó encantado.– Juana meneó la cabeza, incrédula; las diferencias entre aquella gente, y la suya, la mortificaba.

Sólo cuando los chinantecos hablan en español, se llaman a sí mismos “chinantecos”, palabra azteca que quiere decir “el lugar cercano”. Tanto los montañeses como los aldeanos, se refieren a sí mismos con vocablos que significan “gente de palabra antigua”. Los de Chichantla Baja llaman a los de los Altos como tsa ki, “gente de montaña”, y éstos a cambio, describen a primeros, con jactancia, como dzä kïï, “gente descalza y con la cabeza descubierta”.

Bajé con Juana al arroyo, sus tres hijos zigzagueando a nuestras espaldas. De camino, nos aliamos con su hermana Estela, con la cuñada Aurelia, y un con un manojo de sobrinos. En el río, las mujeres asentaron sus bultos, y, desvistiéndose hasta quedar en paños, se metieron al agua. Yo estaba acostumbrada a las mujeres istmeñas, que acudían al río a bañarse vestidas, las enaguas abombochadas mientras lavaban sus trastes y trapos, e incluso a nadar. A diferencia, aquí en el arroyo de San La Paz, pelos, cuerpos, pollos, platos y niños recibían el mismo tratamiento: jabón, agua y restriego vigoroso. Me lavé los brazos, la cabeza y las piernas y de ahí regresé a la orilla, a observarlos a prudente distancia del chapoteadero, mientras una piedra calentaba mis pies descalzos. En breve, el hijo de Aurelia, un adolescente, llegó en caballo a llenar los botes de agua y Juana salió a ayudarlo.

Manuel bromeada con las mujeres y los niños pero tenía demasiada verguenza para dirigirse a mí. El padre de Juana y Estela llegó también y las mujeres continuaron bañándose, platicando con él mientras enjabonaban sus entrepiernas y senos. Las palabras brincaban de ton a son, en chinanteco y español, el anciano usaba la primera lengua sólo y los niños respondían en la segunda.

Mientras las mujeres lavaban, los niños se abocaron a sus faenas. El hijo de Estela comenzó a pescar, merodeando los bajos de la orilla, de vez en cuando clavaba su mano gorda en el agua, para jalar una hoja de ficus. Recopilaba las hojas ovaladas, ensartándolas en un palo filoso, a menudo haciendo pausa, para presumir de su botín. Paco, el hijo mayor de Juana, edificó una presa con la ayuda de su primo. Juntos, construyeron las paredes de lodo, moviéndolas aquí y allá, probando la integridad de la presa con cubetazos de agua, para después reconstruirla: empujando, moldeando a palmadas, y pellizcando el cemento del río. Satisfechos con su obra, la demolieron, con sus manos pequeñas.

Los niños radican donde radican por una presa. Los chinantecos comenzaron a llegar a la región de Uxpanapa a principios de los años setenta, tras haber sido reubicados por el gobierno federal para construir la presa del Cerro de Oro, en las montañas, al norte de Oaxaca. La presa “Montaña de Oro”, destinada a generar electricidad para los oaxaqueños de la cuidad, inundó las villas de los chinantecos así como sus sembríos. El gobierno decidió que en lugar de cosechar maíz y chiles, como lo habían hecho durante siglos, los chinantecos administrarían sotos de cítricos, plantaciones de hule y ganado en su nuevo hogar en el istmo de Tehuantepec. En menos de una década, más de medio millon de hectáreas de la selva virgen de Uxpanapa devastadas, abriendo camino a estas nuevas empresas agrícolas. Tanto biólogos como antropólogos, así como los residentes locales, se refieren a esta destrucción masiva de la selva como un “ecocidio”, y al impacto de la reubicación para el pueblo chinanteco, como un “etnocidio”.

Treinta mil personas hablantes de variados dialectos de chinanteco, fueron dispersadas casi al azar en alguna de las quince villas prefabricadas en la franja al norte de Chimalapas, colindante con la frontera de Veracruz. Los poblados resultaron tan ordinarios que en lugar de normarlos, se les asignaron números. Aún veinticinco años después, segían llamándose Pueblo 1, Pueblo 2, etc., hasta el Poblado 15. Grupos de familiares fueron separados, mientras que las familias de la Chinatla Alta y Baja, se vieron mezcladas – el equivalente a españoles e italianos que de pronto han de vivir en la misma calle, frecuentar las mismas asembleas comunitarias y enviar a sus hijos a la misma escuela. La deforestación afectó el clima de Uxpanapa, volviéndolo más caluroso y más seco, y la tierra a causa del talado, cariente de nutrientes, rocosa y ácida. A nadie sorprendió que el nuevo modelo agrícola fracasara. Mientras tanto, las semillas que los Chinatecos habían traído consigo de sus tierras, fértiles en tierras frías de altura, rehusaron crecer. El gobierno abandonó a los chinantecos en su miseria. Muchos, como la familia de Juana, dejaron los apretujados asentamientos de bloques y se trasladaron al sur, a las montañas, a poblados como San Fancisco la Paz.

Juana, Estela y Aurelia terminaron el lavado en el río, y arrejuntando a los niños, pollos y demás cachivaches, subieron la loma, en ropa interior todavía, con las camisetas enrolladas como donas en la cabeza, amortiguando el peso de las cubetas llenas de agua.

De regreso en la cocina de Juana, los niños se tumbaron en sus hamacas a dormir una larga siesta en lo que su madre atendía la fogata. Una nube de vapor brotaba de la olla chamuscada, enrollándose en pocillos multicolores que, colgados en la pared, semejaban un arco iris de plástico, envuelto en la nube. Juana se cepilló su pelo que le llegaba a la cintura y se lo ató en una coleta. No usaba joyas, ni siquiera un anillo de matrimonio; los lóbulos de sus orejas no habían sido perforados. Sus modos eran tranquilos, eficientes; tenía que terminar la cena antes de abocarse a su siguiente faena: el coordinar la reunión de esa misma noche.

–Me demoré en casarme,– me dijo, velando el sueño de sus hijos en aquellas hamacas raídas. Se había casado a los veinticuatro años, a una edad casi de “quedada”. Le pregunté si ella y su esposo querían mas hijos.

Negó con la cabeza, sonriendo. –Nos apuramos a tenerlos porque queríamos una niña.

Hasta en eso Juana era diferente: las parejas casi siempre querían varones y por lo general, no planeaban a sus familias.
Cursó la escuela hasta el cuarto año, último nivel de estudios obtenible en San Francisco la Paz. Le hubiera gustado continuar, pero no hubo recursos para mandarla a la escuela secundaria de otro poblado. Para Constantino, su hermano mayor, sí que había habido recursos, pero después de estudiar dos años, su hermano había dejado la escuela y se había regresado a casa.

Juana cuestionaba normas sociales sin romperlas, empujaba barreras sin traspasarlas. Aquella noche, terminó de guisar antes de ir a la reunión. En el umbral del único cuarto de la clínica de salud, la reunión se suministraba para aquellas madres que recibían fondos públicos de sustento alimenticio, un tipo de WIC rural, mexicano. Juana se sentó detrás de una mesa brillante y blanca de plástico rodeada por docenas de mujeres, y cubierta de documentos gubernativos. Había dejado a sus hijos con su padre, lo cual la convertía en la única mujer que no cuidaba, o no amantaba a algún niño, o ambas cosas. Juana explicó todos y cada uno de los extensos y complicados documentos en chinanteco, burlándose de errores administrativos, al abanicar los papeles. –Bueno, pues si creías que tu nombre era Marta, ahora eres mata – Al cabo de un par de horas, una nube de insectos formó un halo sobre su mojada cabeza. Los hombres llegaron a recoger a sus esposas: no era propio que anduvieran solas, caminando por el pueblo.

Alegre, hasta con la última persona, Juana finalmente se levantó a guardar la mesa y su camiseta arrugada, empapada de sudor, se desdobló, mostrando un elaborado mensaje. Por primera vez reparé en el lema que en inglés decía: Por supuesto que Dios creó primero al hombre. Antes de alcanzar su obra maestra, tuvo que hacer un ensayo. Le pregunté a Juana si sabía lo que querían decir esas palabras. Dijo que no, que la eligió al azar de uno de esos camiones que circulan por todo México, vendiendo ropa usada norteamericana. Se lo traduje. Uno de los hombres que esperaba, se carcajeó. Juana abrió los ojos como platos y se rió también. –Ahora tengo que poner la traducción en la camiseta,– me dijo.

El hombre se calló de golpe, la carcajada troncada en su garganta.